Trayectorias Educativas - Tomás Donato

Lecturas pedagógicas del Nivel Superior

En abril de 2024, el diario La Nación publicó el artículo Carreras largas, abandono y los nuevos adolescentes, entre los desafíos pendientes, donde se advierte que miles de jóvenes argentinos ingresan al nivel superior pero interrumpen sus estudios antes de finalizar. El texto muestra cómo la expansión del acceso al nivel superior no se tradujo en igualdad de condiciones para la permanencia y el egreso, especialmente entre los sectores populares (Véase Desigualdad educativa en el nivel superior, Argentinos por la Educación, 2022).

Según Flavia Terigi (2009), la categoría de trayectoria escolar permite superar el modelo de “fracaso individual” —que responsabiliza al estudiante— para situar las interrupciones y desvíos en el plano estructural e institucional. La autora distingue entre trayectorias teóricas, lineales y previstas por el sistema, y trayectorias reales, heterogéneas y marcadas por factores sociales, económicos y pedagógicos.

El artículo de Luciana Vázquez evidencia este desajuste: los estudiantes de sectores vulnerables no abandonan por desinterés, sino por la imposibilidad de compatibilizar trabajo y estudio, o por la falta de acompañamiento institucional. En la lógica de Terigi, estas trayectorias “no encauzadas” deben leerse como síntoma del formato escolar rígido y de un sistema que aún concibe la igualdad bajo un mandato homogeneizador.

La educación como derecho y práctica emancipadora

Desde Freire (1970), la educación no es un acto neutral: implica reconocer al otro como sujeto de historia. Las trayectorias fragmentadas, vistas desde su Pedagogía del oprimido, revelan cómo las estructuras educativas reproducen desigualdades cuando no interpelan críticamente el contexto social. En la misma línea, Brailovsky (en Qué hace la pedagogía…) sostiene que el rol del docente es “leer el mundo” con sus estudiantes, construir sentido y resistir la naturalización del mérito como única medida de valor.

Por su parte, Meirieu (2013) invita a pensar la autoridad pedagógica como acompañamiento del deseo de aprender: sostener al estudiante en su fragilidad sin renunciar a la exigencia. Esta forma de autoridad se vuelve clave cuando las trayectorias se interrumpen: enseñar, dice el autor, es “dar razones para no abandonar”.

Los modelos de Estado

La situación analizada refleja la persistencia de un modelo neoliberal-residual, que traslada al individuo la carga del éxito o el fracaso educativo. En contraste, el enfoque de Estado social y democrático —como plantea Rodino (2015)— concibe la educación como un derecho humano que requiere políticas sostenidas: becas, acompañamiento tutorial, reorganización del tiempo institucional y reconocimiento de saberes no formales.

Desde esta mirada, la fragmentación no es un desvío sino una señal de que las condiciones para el aprendizaje no están garantizadas de manera equitativa. La noción de inclusión educativa en Terigi implica precisamente que el Estado asuma la responsabilidad de remover las barreras estructurales y pedagógicas que impiden el pleno ejercicio del derecho a la educación.

Tomás Donato


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