Descripción de la
situación
En
una escuela rural del Valle de Uco, Lautaro, un estudiante de 17 años,
interrumpe su trayectoria escolar durante el segundo año del ciclo básico. Vive
con su madre y sus hermanos, trabaja en una chacra desde la madrugada y recorre
varios kilómetros para llegar a clases. Su asistencia es irregular, y aunque
muestra interés por electricidad rural y energías renovables, no logra sostener
la cursada. La institución lo considera “desmotivado”.
Abandonar la noción
de fracaso individual
El caso de Lautaro ilustra la urgencia de abandonar la idea de “fracaso
escolar” como responsabilidad individual. Según Flavia Terigi (2008), las
trayectorias escolares reales son heterogéneas, contingentes y profundamente
afectadas por condiciones estructurales. La interrupción no es una falla
personal, sino un desacoplamiento entre la lógica institucional y las
condiciones de vida del estudiante. Pensar en términos de trayectorias permite
visibilizar los obstáculos externos —económicos, familiares, geográficos— que
inciden en el recorrido educativo, y obliga a interpelar al sistema: ¿Qué
condiciones pedagógicas estamos generando para sostener trayectorias como la de
Lautaro?
Vínculo pedagógico
La situación se vincula con el
principio de la educación como derecho humano. Desde esta perspectiva, el
acceso, permanencia y egreso del sistema educativo no deben depender de la
capacidad de adaptación del estudiante, sino de la capacidad del Estado y la
escuela de garantizar condiciones de inclusión. Como plantea Paulo Freire,
educar es un acto político, y el docente debe ser un mediador entre el saber y
la realidad del educando. En este sentido, acompañar a Lautaro implica
reconocer su contexto rural, flexibilizar formatos, y construir una pedagogía
del encuentro.
Problemática
sociocultural y modelos de Estado
La trayectoria fragmentada de Lautaro se
inscribe en un contexto de desigualdad estructural, propio de los efectos del
Estado Post-Social (1983–2001), que desfinanció la educación pública y
precarizó la vida rural. Sin embargo, entre 2003 y 2015, el modelo de
desarrollo con inclusión social permitió revalorizar la educación técnica rural
como herramienta de integración. La escuela, como institución social, debe
asumir su rol en la reconstrucción de derechos, articulando con políticas
públicas que reconozcan la diversidad de trayectorias y restituyan la dignidad
educativa.