Una experiencia que invita a pensar
Este año,
en el marco del Proyecto TRACES —un programa de acompañamiento a las
trayectorias académicas en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la
UNCuyo—, acompañé a una estudiante de segundo año de la Licenciatura en Ciencia
Política y Administración Pública que residía en Tunuyán, a unos 80 kilómetros
del campus universitario, para acreditara la materia de Sociología General, en
la que yo soy profesor.
En el
marco del programa, organizamos tres encuentros presenciales, a modo de
tutorías personalizadas, que incluyeron la lectura de los textos obligatorios,
la elaboración de esquemas conceptuales y la puesta en común de manera oral.
Estos espacios —más flexibles y adaptados a su situación— le permitieron no
solo sostener su proceso de aprendizaje, sino también mantener un vínculo
significativo con la universidad. Finalmente, aprobó la materia en el coloquio
final.
Del “fracaso individual” a las trayectorias reales
Esta
experiencia me permitió revisar críticamente la noción de “fracaso individual”
y comprender, como sostiene Flavia Terigi (2009), que las trayectorias
educativas no son lineales ni uniformes. Existen trayectorias teóricas,
planificadas por el sistema bajo un modelo estandarizado, y trayectorias
reales, atravesadas por interrupciones, discontinuidades y desigualdades
sociales.
Pensar la
situación de esta estudiante desde las trayectorias reales implica reconocer
que sus dificultades no se explican por falta de esfuerzo o compromiso, sino
por condiciones estructurales: la distancia geográfica, las limitaciones de
transporte o los tiempos laborales. En lugar de culpar al sujeto, se trata de
asumir —como educadores e instituciones— la responsabilidad de generar
respuestas pedagógicas que hagan posible el aprendizaje.
Educar como práctica de derechos humanos
Tal como
plantea Ana María Rodino (2015), una educación concebida desde un enfoque de
derechos humanos es aquella que no deja a nadie afuera. Es una educación que
reconoce en cada persona un sujeto de derecho y, por tanto, se organiza para
garantizar su participación y permanencia.
Desde
esta mirada, el acompañamiento personalizado, la flexibilidad en la asistencia
y la posibilidad de combinar encuentros presenciales y virtuales se vuelven
estrategias de inclusión y justicia educativa. Educar, en clave de derechos, es
construir una pedagogía que dignifica y amplía horizontes; que hace de la
enseñanza un acto ético y de reconocimiento.
Políticas, Estado e inclusión social
Finalmente,
estos lineamientos de política universitaria se inscriben dentro de cierta matriz
estatal que apunta a la inclusión social, aunque la experiencia se haya dado en
un contexto de desfinanciamiento universitario y desguace estatal. Aquel modelo
de Estado impulsó políticas que ampliaron el acceso y la permanencia en todos
los niveles del sistema educativo, incluyendo la educación superior.
Programas
como TRACES expresan esa lógica estatal que entiende la educación como
motor de desarrollo humano y como derecho público, no como privilegio o como
servicio tal como pretende avanzarse en la actualidad. Acompañar trayectorias,
entonces, es también una forma de materializar el compromiso de un Estado que
asume su rol de garante de derechos y que apuesta por la inclusión como
horizonte.
Octavio Stacchiola
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